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Bellos textos del Amauta Valcárcel como homenaje al campesino peruano

Como homenaje al campesino peruano reproducimos el texto: «Tríptico Andino», artículo escrito por el Amauta Luis Eduardo Valcárcel para la reconocida Revista Variedades, año XXI, Nº897, en Lima, el 29 de mayo de 1925. Son tres pequeños cuentos, a modo de estampas, bellos textos que reflejan el espíritu del campesino, del hombre y mujer del ande, quienes trabajan arduamente la tierra con devoción y respeto a la naturaleza. Las maravillosas ilustraciones son del artista Raúl Vizcarra.

TRIPTICO ANDINO

  • ATARDECER

Por los cerros pajizos se desperdiga el rebaño. Viene tras él, con la kena en los labios, el pastor indio. En la hora del crepúsculo, brota de su oculto manantial, como un chorro de agua purísima, toda la agreste poesía. La flauta es un cauce de dulces tristezas. Se captan del ambiente; se desparraman por el paisaje.

Por las praderas de cerca al río pastan aún las ovejas de la virgen campesina. Al percibir la dolorida queja del amado, la pastorela se inquieta; lo enfila por la senda que conduce al paterno hogar.

Sigue sonando la kena, cada vez más cerca. Su melodía parece que llega hasta el cielo. En el recodo del camino, se han cruzado los rebaños y el zagal, con la kena en los labios, ha seguido su marcha. Con la última luz del día, lleva en sus ojos la adorada imagen, a su humilde choza.

  • TEMPESTAD

En la negra noche fulguran los relámpagos. Vivos resplandores rompen a hundirse en las tinieblas, las altas cumbres. El viento silba trágicamente y pasa raudo con su escolta. Remotos truenos interrumpen el pasado silencio de las tierras inhóspitas; ya es el tropel que se avecina: son los potros piafantes de la tempestad, Chasquidos. Fustas de fuego que, al restallar, chispean  en millardas de puntos de luz. Más continuos, más intensos resplandores. Las montañas se iluminan, como en noche magna, cual si se encendieran todas las lámparas voltaicas del cosmos.

Estalla la dinamita de las grandes tormentas, y la celeste artillería puebla el espacio con el estruendo de sus voces. Quiébranse las ánforas de la lluvia. El Apu Sallkantay se contagia del furor de las alturas. Ruge y evaporiza la tierra. De una a otra montaña se transmite la admonición soberbia.

Bajan los ecuadrones de la cumbre; aludes, turbias torrenteras, rocas gigantescas se precipitan con ímpetu bravío. Los ríos, fuera de madre, lo envuelven todo en el abrazo de sus rojas aguas. Ellas aplacan la cólera de los dioses, y se hace la calma.

  • AMANECER

Se aumentan los tonos violetas. Dóranse las cresterías. De añil va aclarando el cielo. Distante, suena el tintineo de la campanita parroquial que llama a los fieles a la misa de alba.

Se acaramela el paisaje; es la fantasía del cristal tembloroso. Teñido está el campo de verde; chorrean los árboles; las acequias arrastran turbias aguas; el camino es un fango.

Van emergiendo de las chozas, como peludos, los labradores. Unos tras otros caminan hasta los maizales. Silenciosos desfilan con la herramienta al hombro.

Exultante, se eleva el Sol. La tierra le acoge con la fresca sonrisa de sus campos irrigados. De todos los hogares, como una ofrenda universal, ascienden las columnitas de humo. El kollana, después de la oración, organiza la faena. No se siente sino el ritmo uniforme de los trabajadores de la tierra.

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