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Por semana de los Archivos y el día del Antropólogo publicamos algunos textos de «Tempestad en los Andes»

Esta semana y la próxima publicaremos algunos textos de «Tempestad en los Andes», famoso libro de Luis E. Valcárcel, conmemorando el día del antropólogo (11 de junio) y la semana de Internacional de los Archivos (11 al 14 de junio).

«Tempestad en los Andes» libro escrito por Luis E. Valcárcel en 1927, considerado el evangelio del indigenismo, es un libro que marcó un hito en la historia del Perú, Valcárcel levanta su voz, en especial hacia la capital y hace ver a la sociedad citadina la cruda realidad de marginación y menosprecio del indígena, en ese entonces el grupo mayoritario de la población, pero a la vez resaltó su importancia como la fuerza que desarrollará al país y su valor por ser herederos de una gran cultura, la cultura andina.

Presentamos algunos textos de la sección: Los Nuevos Indios de Tempestad en los Andes .

 

TEMPESTAD EN LOS ANDES – LOS NUEVOS INDIOS

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LA PARCELA

Juan Ramírez, agente de pleitos, era el más temido “misti” del pueblo. Quien caía en su red no tenía salvación, como la inocentísima mosca entre las mallas de la Apasananka.

Ducho en las artimañas curialescas, enredaba en el laberinto de sus “articulaciones” a los propios abogados de la ciudad. Y era su vanagloria ponderar en el bebedero:

  • Yo derroté, hice “muka” del gran Doctor Camacho.
  • Pregúntele al dueño de “La Victoria” cómo “reventé” a su defensor el primer jurista del Cuzco.

La fama del rábula trasponía las fronteras del distrito. No solo era un peligroso sopatinta; tenía también hechuras matonescas, y en su labor contaba con hazañas eleccionarias y empresa de pugilato que podían abonar su prestigio de perdonavidas.

El indiecito Carmen Sut’a fué a caer en tan “buenas manos”.

No se sabe explicar el cuitado cómo fue que, de la noche a la mañana, Juan Ramírez tomó posesión de sus terrenos maizales a título de comprador, y previas las formalidades de un interdicto de adquirir tramitado irreprochablemente.

El indiecito y su familia se quedaron en la calle, sin haber recibido más de quince soles por todo precio.

El ayllu Tujsan, al cual pertenecían Sut’a y los suyos, comprendió sagazmente qué se proponía el leguleyo. Puesto en sus tierras el “clavo del jesuita”, y a la vuelta de unos pocos años, Ramírez se apoderaría de todas las tierras comunitarias.

Así el aventurero curial convertiríase brevemente en propietario latifundista.

Los indígenas llevaron sus quejas ante todos los poderes; era inútil. Allí estaban los “títulos”, los “instrumentos de la fe pública” que acreditaban –con “prueba plena”- que el Señor Don Juan Ramírez era legítimo dueño de las tierras que por “su libre voluntad” le había enagenado el “peruano” Carmen Sut’a.

Era asunto concluido.

Los indios no se rindieron a la evidencia de su derrota legal y jurídica. En consejo del ayllu, acordaron colectar entre ellos el precio de la venta, y una vez este reunido – eran doscientos soles en la escritura, aun cuando no llegaron a veinte los recibidos por el vendedor – presentáronse en el domicilio de Ramírez a exigirle la recisión del contrato. Ramírez se les río impúdicamente, calificando de estupidez y vesania el propósito de los comuneros. Amenazándolos con iniciarles juicio por la perturbación que hacían de sus derechos posesorios; hablóles media hora disuadiéndolos de toda acción reivindicatoria, pues él era lo suficientemente poderoso para hundirlos en la miseria.

Pero los indios no se intimidaron.

Próximas las labores preliminares de la siembra, un domingo, al son de pitos y tambores, la comunidad íntegra, con sus mujeres y ancianos y niños, recuperó, en medio de gran alborozo manifestado bulliciosamente, la parcela arrebatada por el dolo al camarada Carmen Sut’a.

Saltó Ramírez como un tigre que ve en peligro su cubil.

Promovió cinco juicios amén de quince incidentes contra los “usurpadores” que, en “motín y asonada”, le despojaran de sus legítimos derechos de señor y dueño.

Los indios se ríen de la actividad “judicial” del rábula, y se burlan del coraje del perdonavidas que no asoma las narices por “su finca”.

Así le iría…

                                                                                                                                                                                            EL AMOR DE DON RODRIGO

No era solo concupiscencia lo que inevitablemente atraía al noble señor. Pudo yogar innumerables veces con sus indias esclavas en el vasto serrallo de sus estancias puneñas. Pudo, incluso, hastiarle la facilidad de amo tiránico que dispone de las mujeres como de las yeguadas dentro del perímetro de su latifundio, como quien dice dentro de su jurisdicción feudal. ¿Acaso un capricho? Mas, era evidente que el bravo don Rodrigo estaba enamorado, perdidamente enamorado de Antucacha, la hija del cabrero. Bella en sus dieciocho primaveras, quien la viese encontraríala parecida a otras doncellas por quienes Don Rodrigo no se mostrara nunca tan encalabrinado.

Le gustaba con ardor, con pasión irrefrenable, y por lo mismo sus procedimientos no fueron iguales a los que siempre empleara para satisfacer sus apetitos.

Había de conquistarla por el amor y la delicadeza como el caballero a su dama. Había de ajustar su conducta a cánones de gay saber. La linda moza se le rendiría presa de pasional ternura, y ambos, así unidos por la atracción suprema, vivirían felices, como si el uno hubiera nacido para el otro.

Todos los días al atardecer el caballero rondaba la morada de su andina Dulcinea, y muy delicadamente la hacía saber del mucho amor que le tenía. Antucacha no era capaz de comprender tan finas palabras, y solo adivinaba –oh sexual presentimiento- cuáles eran las intenciones del amo.

Tupíase la malla del sostenido idilio. Y la hija del cabrero amaneció, cierto día del floreal octubre, en el aposento del señor.

A nadie le extraño. Una barragana más del patrón. Ya pasaría el temporal ayuntamiento.

No ocurrió así, sin embargo; llegaba el kallchay, y Antuca permanecía en el hogar de Don Rodrigo, ascendida a señora de la casa. Otra vez octubre floreció en el campo, y la señora Antonia era el ama. Runruneaban los empleados mestizos que aquella advenediza se quedaría allí; los indios sonreían, elogiando el talento de Antuca que conquistó al caballero; las viejas comadres lo atribuían a brujerío. Mientras tanto, los parientes de Don Rodrigo se hacían de la vista gorda para no disgustarle, puesto que estaban a su merecer.

Pero las cosas subían de punto.

Antes de la cuaresma, el señor Don Rodrigo, buen católico, llamó al capellán, y una tarde, ambos en la solana, contemplando la puesta de sol, se entabló este diálogo:

  • Mi señor Don Rodrigo: es tiempo de arreglar la conducta. Cuánto agrado para Dios si esta Cuaresma…
  • Lo entiendo, Padre. Sé a donde Pero quiero anticiparme. Le mandé llamar para que haga por mí unas diligencias. Quiero tomar estado, y se hace necesario que usted arregle este asunto.
  • ¿Y quién es la dichosa prenda que ha cobrado el corazón de oro del devotísimo señor Don Rodrigo?
  • Pues la señorita Antonia Cutiri.
  • ¡…….! Bromea Don Rodrigo, bromea el buen caballero.
  • Nada de eso, Reverendo. Estoy resuelto a tomar por esposa a la mujer a quien amo y amaré toda la vida.
  • ¡Pero señor Don Rodrigo, flanquea su razón! ¡Con una india, con una esclava, con una plebeya, va a unir su sangre el nobilísimo señor Don Rodrigo! Imposible. Es una ofuscación que Dios disipará.
  • No ha de ser así, Reverencia; lo tengo bien pensado.
  • Mire por su nombre y por su casa; la sociedad no perdonará la ofensa. Dios mismo…..
  • La sociedad no me importa; bien sabe que la desprecio. Dios aprobará mi resolución. Tiendo la mano a los humildes. ¿No somos todos sus hijos iguales?
  • No, no: El Supremo Hacedor creó las jerarquías. El indio…
  • Lo lamento mucho, pero su Reverencia reniega de su divino ministerio. Si su Reverencia insiste en sus poco cristianas ideas, prescindiré de su consejo.

Fué un gesto definitivo el del ilustre hidalgo, y el capellán, entre perder su valiosa protección o transigir, optó por lo último.

  • Bien, mi señor Don Rodrigo: hágase su voluntad, pero solo con una condición: el matrimonio será secreto. ¿Acaso es necesario el escándalo? Cuidemos siempre de la pública opinión.
  • Será público, Reverendo Padre. Tengo mis razones,
  • ¿Razones, señor mío?
  • Sí, y muy poderosas. Aparte de que mi amor por Antonia es lícito, y mi estima por su honor es tan alta, debo a la Raza un desagravio. Cuarenta años la ofendí, oprimiéndola. La virtud femenina se deshizo en mis manos: atenté contra ella no dejando flor sin marchitar. Muchas lágrimas derramaron las madres; no estalló en violencias la rabia de los hombres así vejados, pero sangró su corazón en silencio. Traté a mis hermanos lo buenos, los humildes, los resignados indios, como viles esclavos. Me respetaron siempre. Creíanme acaso un ser superior; pero, no era yo, en el fondo, sino un cobarde. Después de cuarenta años de tal vida Dios ha iluminado mi razón. El noble apellido de los Pérez de Urarte, Mendive y Rocafuerte pasará a los indios en mi esposa Doña Antonia, y con mi apellido todos mis bienes…. Cesó de hablar el caballero, ya cuando era la noche. Retiróse el fraile a orar en la capilla de la hacienda.

Antuca lo había escuchado todo.

Cuando el caballero llegó a la estancia nupcial, la Raza dignificada lloró con lágrimas de gozo el avatar.

 

EL MITO DE KORI OJLLO

Seno de Oro había sido la excepción. Las demás mujeres se entregaron al conquistador. Llorosas por la muerte injusta de Atau Wallpa, se holgaban con los soldados de Pizarro. Como para consolarse. Eran tan apuestos los Nuevos Hombres. Tanto fuego había en sus ojos y en su sangre. No les pudieron resistir, desfallecían de deseo a su sola presencia, y los trescientos días de luto por la muerte del Inka transcurrieron veloces para su diabólica lascivia.

Seno de Oro, la más hermosa mujer de Manko, era la heroína. La quiso para sí el bien plantado Don Gonzalo, y ella fué fiel a su raza. ¿Cómo ofrendar su cuerpo al impuro asesino de sus dioses y de sus reyes? La muerte antes; así yacería tranquila sin mayores vejámenes, a sus carnes frías, no osaría acercarse la bestia blanca. Las mujeres indias se estremecen solo al recuerdo de Kori Ojllo. Ellas tan fáciles a la seducción del opresor, dispuestas siempre a halagarle, traicionando su sangre. Sino terrible.

Kori Ojllo para ahuyentar de así al galán español había cubierto su torso perfecto con algo repugnante, capaz de alejar al propio Don Juan. Pero, todavía más virulento era el odio que destilaban sus ojos.

Ha revivido Kori Ojllo en los Andes. Allí donde el indio torna a su pureza precolombina; allí donde se ha sacudido la inmundicia del invasor; Kori Ojllo vive, hembra fiera, a la que el blanco no puede ya vencer. El odio más fuerte que nunca inhibe la sensualidad latente, vence todas las tentaciones, y la india de los clanes hostiles prefiere morir a entregarse.

Qué asco si cede. Será proscrita del ayllu. No volverá más a su terruño adorado. Hasta los perros saldrán a morderla. La india impura se refugia en la ciudad. Carne de prostíbulo, un día se pudrirá en el hospital.

  

EL CURA DE KAWANA

El viejo párroco está en la capital, en Ejercicios Espírituales; hace dos semanas que descansa su grey. Mucho demora el solícito pastor, mucho, mucho.

Por fin, en lo alto de la cuesta, un atardecer de diciembre, después de una copiosa lluvia de todo el día, frescos los campos, húmedos los caminos, alegre el cielo, el viejo párroco aparece cabalgando en su tordillo pajarero. Desde allí, bendice a su pueblo. Estuvo ausente quince días y se le antoja un siglo; nó, nó, con nadie cambiaría su amada parroquia. Ni el curato de Sicuani, ni el de Lampa, no el de Carabaya. En ninguna parte se hallaría tan a su gusto como aquí. Va descendiendo el cura la cuesta del pueblo. Le sigue el sacristán montado en su escuálido jamelgo chumbivilcano.

  • Tata, se ha emborrachado el campanero.
  • Por qué hijo?
  • No repican las campanas.

Sí, la torre está silenciosa, no adivina la vuelta del señor párroco, no se dá por entendida de su obligación de regocijarse y sembrar el júbilo con sus lenguas de bronce. Qué pasa que todo parece tan triste en el pueblo; ni una alma en las calles. Nadie ha salido al encuentro del pastor.

Un presentimiento aflige al buen abate y le ensombrece el rostro sonriente. Algo grave ha ocurrido, va a ocurrir, quién sabe.

Pica al tordillo con sus argentinas espuelas, y acorta las distancias un poco impaciente. Ya está en la plaza, ya penetra a la cural. La cural está vacía.

  • Tata, no hay nadie.
  • No hay nadie.

Se miran las caras asombrados. Todo lo que ven les parece absurdo.

Dónde están los vecinos? Dónde está el económo? Y el campanero, y los alféreces, y la servidumbre? El hogar está apagado; sin pasto el establo, cerradas las cuadras. Resuenan en el patio empedrado las metálicas pisadas del tordillo, y el eco devuelve sonoras las voces del sacristán.

  • ¡Pablucha!
  • ¡Juliana!
  • ¡Meculás!

Desmonta el viejo párroco dificultosamente, se tercia el poncho, bájase la sotana, enciende un cigarrillo y se sienta sobre un poyo, pensativo.

¿Entró quién sabe el Enemigo? Se aprovechó de si ausencia y el lobo cayó sobre el aprisco. Dispersó su pobre rebaño.

Meditaba el viejo, tristemente, ensombrecido el rostro de presentimientos fatídicos. El ánima en suspenso como si aguardara dentro de un minuto la mala noticia.

Y así fué.

El sacristán no se dio punto de reposo hasta encontrar a los buscados. Confundido en las sombras de la primera noche, allí estaba el fiel guarda del templo. Compareció también en las tinieblas el alférez de turno. De vez en vez brillaba como el punto lejano de una fogata el cigarrillo encendido del viejo párroco; antojábasele aparecer como una estrellita titilante, temblorosa. Los cuatro hombres hablaban a oscuras quedamente, como si un soplo de misterio les estremeciese el alma. La feligresía indígena en masa habíase desertado de la Iglesia Apostólica Romana. El domingo último los centenares de indios de la parroquia cerraron el templo con cerraduras nuevas. Clausuraron también el cural.

En medio de todo, tuvieron un gesto de gentileza. Reservaron para su viejo párroco una casita en Kawana alta y una capilla próxima. Allí viviría el resto de sus años, sin que nada le pudiera faltar.

 

WAMAN, SARGENTO

Un año hacía que estaba en filas: lo sacaron de su choza puneña, a medianoche. Lloraban la madre y la mujer, despertáronse los chicos, asustados. Fué en vano que ladrara el fiel “Pumawak,achi”. Los soldados condujeron maniatado al pobre Waman hasta el pueblo. Cuántos golpes de culata sufrió en el camino. Aquella noche durmió en la cárcel, y allí continuó encerrado los seis días siguientes, mientras se reunía, por este medio cinegético, el contingente de conscriptos. Del presidio salieron algunos de sus compañeros, salieron con rumbo a la subprefectura, y después ¡libres! a sus hogares. Más tarde supo que los muy felices habían comprado a la autoridad: dos toritos, una vaquillona, algún dinero.

De la cárcel marchó Waman con el contingente a la Capital. Ingresaron todos al cuartel, después de que el médico los hizo poner en cueros para examinarlos. Allí acabó el indiecito para comenzar el soldado. Adiós al poncho jubón y los gregüescos; las sandalias fueron reemplazadas por los toscos zapatos, y Waman vistió el uniforme de infantería. Apenas si podía caminar con los zapatos…

Se pasó un año en la vida de cuartel. Ahora era sargento. Lo ascendieron después de su conducta valerosa en la última intentona revolucionaria.

En la ciudad sentíase una conmoción política: estaba el pueblo indignado con el gobierno, y las gentes salieron a las calles a manifestar con airadas voces sus sentimientos. Se improvisó el mitin. Se empinaron los oradores en lo alto de las balconerías para lanzar desde ahí la arenga revolucionaria.

Pocos minutos después salía el regimiento a reestablecer el orden. Las tropas fueron recibidas a pedradas y tiros de revólver. Entonces, soldados y pueblo chocaron con violencia. A culata limpia abríanse paso los primeros.

La multitud levantaba reductos, barricadas, y llovían las balas detrás de las esquina y desde los techos y ventanas. El regimiento recibió la orden final:

-¡Fuego!

El día fué para Waman. Con qué ardor, con qué íntima fruición golpeo primero con su rifle, y después disparó toda su dotación.

Parecíale vengar con su mano la montaña de oprobio con que el blanco había aplastado a su raza. Muchos muertos y heridos quedaron sobre el pavimento de las calles. Los gritos y los ayes, lejos de conmoverle, le regocijaban malignamente. Eran caballeros, amos, opresores, los que sufrían. ¿Tuvieron éllos alguna vez compasión del dolor indio?

Waman ascendido a sargento, sentíase ansioso de nuevas oportunidades para saciar su venganza. Su disciplina y decisión hiciéronle distinguirse ante sus jefes, y cada vez que era necesario destacar retenes de confianza, el sargento Waman era señalado. Cuando caía algún preso, un ciudadano decente, Waman complacíase en vejarle y hacer de su detención un suplicio.

Pronto cobró fama el sargento Waman, fama de crueldad y ciega fidelidad a sus jefes, Gozaba en su papel de sicario.

El indio acepta el servicio militar y busca de policía y gendarmería, porque, con el fusil al brazo, cobra su desquite.

 

LA NUEVA ESCUELA

Indalecio Mamani es el preceptor en el ayllu Kollawa; salió diplomado de la Escuela Normal de Juliaca, hizo su práctica como maestro ambulante en Chucuito. La escuela ocupa un edificio recién edificado bajo la dirección del ingeniero de la Misión. Amplias salas iluminadas, con bellas vistas sobre el panorama de la planicie y el cordón nevado de los Andes. El niño indio concurre con placer, porque el paisaje familiar lo tiene siempre ante los ojos.

El maestro indiano sabe lo que debe enseñar a los hijos de su raza, y cuanto enseña lo hace con amor, con el ideal de rehabilitación como la luz de Sirio en las tinieblas de la inconciencia pedagógica.

La casa-escuela es el orgullo del ayllu. Las familias aborígenes se sienten ligadas a ella, como diez años antes a la iglesia parroquial. El domingo, el salón de actos rebosa de público que, ávido, escucha la palabra elocuente de Indalecio Mamani, el educador de la Raza. Las almas embotadas de la grey andina comienzan a sacudirse de su sueño de piedra. Como un barreno penetra a lo hondo de esas conciencias la voz del maestro, y hay algo que se agita en el subsuelo espiritual de estos hombres olvidados de sí mismos.

La escuela se sostiene por el ayllu: todos concurrieron a edificarla, todos también la apoyan como adivinando que de allí saldrán los Indios Nuevos, nunca más esclavos.

La escuela nueva es el almácigo de la Raza resurgida.

Trescientas, trescientas cincuenta escuelas de indios y para indios se desparraman en la altiplanicie ilímite. Cada año brota un ciento, y las primeras de los valles serranos ya alientan recién nacidas. La escuela fiscal es un convencionalismo; el preceptor fiscal, una plaza supuesta. El indio, donde existe una escuela “suya” no va más a la del maestro mestizo y destacado que sigue tratándolo como a un siervo. Huye de las sucias casuchas que el Estado llama pomposamente Escuela Fiscal número 10589, Centro Escolar número 5432…

¿Cuántos millares de Indios Nuevos han salido de la Escuela India? ¿Cuántos más saldrán en este quinquenio?

 

LOS MISIONEROS DE CULTURA

¿Es el apóstol trashumante un tipo arcaico, desaparecido ya? Van a contestar que sí los europeizados que solo imaginan al agente viajero de comercio y al turista como a los trotadores de mudos de nuestro tiempo. Responderán que nó los viejos hindús propagadores de la Buena Nueva del Buda reencarnado, los árabes que predican la guerra Santa contra el “perro cristiano”, los esclavos que despiertan a dormidos y muertos con el bélico toque de sus clarines revolucionarios. Responderemos que nó los pueblos andinos que sienten el estremecimiento grávido de un Mundo por venir.

Apóstoles trashumantes de las punas y de los valles de la serranía, hélos aquí: fueron indios pastores, hoy propagan la cultura. Nadie más convencido que éllos del resurgimiento de su Raza. Tienen la cálida persuasión en sus palabras sencillas, gérmenes misteriosos de la Existencia Nueva.

Todas las puertas están abiertas para éllos; llegan a la medianoche, y los perros hostiles tórnanse amistosos. Son almas puras las de los misioneros indios. Hónrase la choza al recibirlos, y en lo más inasequible de las cordilleras encuentran un refugio con el fuego encendido y el alimento preparado.

Los indios apóstoles están creando el Santoral Andino.

¿Qué predican los peregrinos en las estancias de Puno y en las vaquerías de Vilcabamba, en los valles de Canchis y en las cordilleras de Sandia y Carabaya?

¿La guerra? ¿El aniquilamiento de los blancos?

Nó, los misioneros de la cultura no predican la destrucción. Son, sobre todo, médicos espirituales. Curan a este enfermo de amnesia que es el indio. Psiquiatras intuitivos, van derecho a buscar el mal y desarraigarlo. El mal de la Raza es el olvido.

Se ha sentado a la lumbre hogareña el apóstol, y entorno suyo, todos en cuclillas, se aprestan a escucharle.

Su palabra es dulce, lenta, ligeramente velada por contenida emoción. Lo dice todo en imágenes. Es un desfilar pausado de los viejos inkas solemnes, de los kurakas altivos, de las muchedumbres laboriosas, de los ejércitos innumerables; el Imperio magnífico está allí como una decoración fantástica en los negros muros de la choza.

Sigue el fluir del legendario relato. Es ahora; la sorpresiva presencia de los Hombres Blancos, los ilusorios aliados que vengarían la sangre de Waskar. ¡Wirakochas! Hijos del dios de dioses, portadores de la justicia reparadora.

No se altera la voz del narrador, apenas si se matiza con un levísimo relámpago de ira. Son los Hombres Blancos, los felones que mataron a sus reyes y a sus dioses. Los Hombres Blancos que violaron a las abuelas y a las madres, de cuyos vientres venerados salió el Engendro, el Mestizo, vasallo del Opresor y verdugo del Vencido.

Escuchan los indios con los ojos fijos en la lumbre; en sus ojos muertos hay rojas llamaradas como resplandores de un incendio interior.

El fuego espiritual ha brotado en el antro cavernario de las conciencias.

 

EL HERMANO ADVENTISTA

Entre la peñolería, como nido de rapaces, se pierden las casitas del ayllu. Desde esas oquedades se percibe la tersa y diáfana superficie del Lago, cuyo leve oleaje apenas riza el lomo de las aguas. En los vacíos que enmarcan los pelados peñascales, el indio cultiva papas, ocas y kinua, lo bastante para su propio consumo. En declive está el corral de las ovejas con su fuerte olor a estiércol húmedo, y su baja muralla de ch’ampas y espinos. Este recodo, entre la kancha y la chocita, es un lindo mirador del campo, del camino y del lago. Allí se recuesta, bajo el sol tibio, el guardián de la casa y del rebaño, el perrillo azorrado que aúlla en las noches oscuras, cuando pasa el viento como una rauda jauría invisible…….

La familia Bartolo Condori no ha salido hoy de la choza. En el fondo oscuro, al resplandor del hogar encendido, se sorprende el triste cuadro. La madre, presa de la fiebre, amamanta al recién nacido; tres niños más yacen inertes bajo las raídas cobijas. De pronto, ha interrumpido el silencio, la isocronía de una motocicleta que se aproxima veloz por el camino. Baja Condori a u encuentro. Es el buen hermano adventista que acude solícito a salvar a la madre y a los hijos del dolor y de la muerte.

-Hermano Bartolo, llámale amistoso y sonriente el joven mocetón de rubios cabellos.

-Hermano Johnson – le ha contestado el indio, con la gratitud pintada en el semblante.

Los botes de medicamentos, los pomos específicos, las ampolletas de suero han sido extraídas del maletín. El adventista, con solicitud fraternal, lo hace todo. Permanece largas horas en el pobre tugurio; pero ya la madre sonríe y los muchachos se ponen a jugar. Vuelve la alegría a la casa de Bartolo Condori, y Johnson el adventista se aleja, en su motocicleta ruidosa que se ponen a ver con ojos sorprendidos los chicuelo.

-Adiós, hermano Bartolo.

-Adiós, hermano Johnson.

 

AMOR Y RAZA

Pablo Kutiri, distinguíase entre los maestros indios que recibieron su preparación en la primera escuela normal adventista, por su clara inteligencia y su decidida vocación apostolar. Los jefes de la misión hablaban siempre con elogio de Kutiri; en menos de un año había dominado el inglés, con igual facilidad que el español, el aymara y el uru. Era un políglota keswa que prestaba importantísimos servicios a la obra educativa del indio.

Mr. Goldsmith le tomó para secretario suyo, y en breve tiempo Kutiri había conquistado el afecto profundo del caballeroso jefe adventista. Goldsmith depositó su absoluta confianza en el joven secretario aborigen, y cuando se presentó la ocasión de un viaje a Estados Unidos, Kutiri fué acompañando al superintendente de la Misión de los Adventistas de Sétimo Día.

En Illinois, Mr. Goldsmith llevó a su casa y presentó a su familia al joven maestro, descendiente de la dinastía solar del Perú. Pocos meses después, los Goldsmith – Ms. Fanny y sus hijos Mss. Edith y Peter – llegaban a Puno.

La rubia Goldsmith, con sus diecisiete alegres primaveras, había trastornado el alma un poco invernal del joven Kutiri. Primero, bidiarias partidas de tennis; después, largas regatas en el lago; recuerdos del viaje; algunas labores comunes en la oficina de la superintendencia, habían aproximado por encima de todo obstáculo a Miss Edith y Pablo.

Una noche, cuando Mr. Goldsmith, solo en su escritorio se entregaba al reposo, mientras las volutas de humo de su pipa ascendían lentamente, Pablo Kutiri llamó a la puerta.

Fué breve la entrevista.

El secretario se retiró a sus habitaciones, y aquella noche no pudo dormir Mr. Goldsmith. De madrugada, los esposos de Illinois celebraron secreta conferencia.

En las oficinas del superintendente, Kutiri encontró las instrucciones escritas para él. Urgía constituirse en Huancané, donde la sublevación india y la subsecuente represión sangrienta habían creado un gravísimo estado de cosas.

La Misión reclamaba de la sagacidad y discreto don de gentes del hábil secretario que se dirigiese en el día a la zona amagada a salvar la obra adventista.

Kutiri tomó su motocicleta, y antes de marcharse, fué a ver a Mr. Goldsmith en chalet particular. El jefe lo recibió con la afabilidad de siempre; así como Ms. Fanny y el pequeño Peter; solo Mss. Edith no se hallaba presente; la pobrecita padecía jaquecas.

Pocas horas después de la partida de Kutiri, la familia Goldsmith se embarcaba en un autocarril rumbo al puerto de Mollendo.

Todavía Mss. Edith escribe desde Illinois al joven secretario indio.

Solo Mr. Goldsmith se daba perfectamente cuenta, ahora en su pequeña oficina de la Washington Street, y mientras volutas de humo de su pipa ascienden lentamente, que la solución del problema de razas planteado por su secretario el indiecito peruano Pablo Kutiri no podía obtenerse sino por la fuga…

 

EL INDIO A CABALLO

La civilización americana – observó Sarmiento- es una civilización de peatones, de indios a pie. El caballo traído por el conquistador incorporóse a la casta dominante, de los opresores. Fueron los caballos bestias temidas; arrollaron bajo sus cascos y entre bélicos relinchos a las masas inermes de Cajamarca. Los jacos piafantes que mascaban hierro, cuánto auxiliaron a los invasores. Buena parte del éxito feliz de la conquista debe ser atribuida a los rocines de Castilla. La ley española cuidó muy bien de prohibir al indio junto con el uso de las armas el del caballo. El indio no osó cabalgar en los pegasos vencedores. Largas distancias recorríalas a pie; ni en los viajes a la “mita” usaron del caballo para trasladarse de Cajamarca a Potosí……

Por las abras y los valles profundos, por las pampas y cresterías, el indio, calzado de la usuta, al paso del caballo, traga las leguas, acorta las distancias trepando hacia las cumbres, infatigablemente.

Pero, he aquí, de pronto, se indianiza el equino. El soberbio potro de sangre árabe se convierte en el “repe” chumbivilcano, bajito, lanudo, feo, pero fuerte y veloz. Se aproxima el caballo al hombre de los Andes, y el indio se hace ginete, y surge el “gaucho” de nuestras pampas, laceador insigne, aventurero de a caballo, capaz de todas las hazañas de la doma y las acrobacias de la equitación. El indio a caballo corre por la pampa como una exhalación: se diría un tártaro en plena estepa. El caballejo se lanza cuesta abajo, firme sobre sus patas contráctiles de felino. La más encrespada serranía es campo libre para el baquiano de Chumbivilcas o Cotabambas.

Pronto las yeguadas de Kolkemarka o Livitica han crecido enormemente. Son las haras del caballo indígena. Salen de ahí los “pencos” a la ferias del altiplano, y los indios del Kollau se apresuran a adquirirlos. Cerriles aún, los ensillan y con simples bozales cabalgan en ellos en un frenesí extraordinario. El caballejo arranca de estampida y nadie puede contenerlo, dos, tres leguas. Cómo goza el kolla en esta carrera desenfrenada, si logra llegar a salvo hasta el final. Es frecuente que el caballero indio sea lanzado de la silla y se inicie a golpes la posesión de la bestezuela.

Cuando el tren cruza por la meseta se vé a cada paso al indio ginete; es ya señor de a caballo. Él mismo fabricó todos los aperos de montar; ha tenido también que introducir notables cambios en su propia indumentaria. Las botas o polainas, el poncho corto, la bufanda, los guantes de lana de vicuña, el sombrero alón, y los arreos hípicos: el fuete, la boleadora, el pelloncito, la baticola, las alforjas que tornan siempre henchidas del viaje al poblado.

El indio a caballo es un nuevo indio, altivo, libre, propietario, orgulloso de su raza que desdeña al blanco y al mestizo.

Allí donde el indio ha roto la prohibición española de cabalgar, ha roto también las cadenas. Las provincias donde la Raza se defiende más bravamente son las poseedoras de hatos caballares numerosos.

En Chumbivilcas, el indio es un aliado, un amigo, difícilmente un siervo. Su caballo lo defiende.

El caballo movió al tártaro a invadir Europa. El caballo conserva libre al árabe, junto con el camello. La llama ha sido cómplice por su debilidad en la esclavización del indio.

¡Cuántos Facundo Quiroga saldrán del gauchismo chumbivilcano!

La novela recogerá un día en el Perú las aventuras de los “ch’uchus” ladrones. Entonces van a quedar atrás los filmes del Far West. Vengan los operadores de William Fox a recoger los episodios inverosímiles de la vida de un indio a caballo.

Y vengan los sociólogos a explicarnos la influencia equina en el hombre.

 

EL INDIO SOLDADO

No solo la herramienta, el arma también la hemos puesto en manos del indígena. Trabaja nuestros campos y es la base de nuestra economía su labor; conserva el orden público, y es fundamento del Estado su fidelidad.

¡El día que nos falte el brazo viril que maneja el azadón!

El día que no obedezca el autómata que dispara.

Habrá cesado de producir la tierra. Habrá concluido la sociedad política que se denomina República del Perú.

Con indios hostiles que vuelvan el arma contra blancos y mestizos; con indios indiferentes que se alcen de hombros ante la cosecha próxima, ¿qué podrá hacer el Estado? ¿cómo se defenderá la orgullosa minoría de momentáneos vencedores?

Es de aborígenes el noventinueve por ciento del ejército, la gendarmería y la policía. Son indios, indios de pura sangre, los que forman el íntegro de la fuerza armada.

Elude el blanco la obligación del servicio militar; la elude también el mestizo que no pasa de movilizable. El único que ingresa a los cuarteles, se disciplina militarmente, se adiestra a conciencia en el manejo de las armas, es el habitante de las serranías, el sobrio, resistente, valeroso indio peruano, soldado por excelencia, soldado vocacional, capaz de todos los sacrificios, modelo de las virtudes militares, el único que hizo todas las campañas, desde las conquistadoras de medio mundo bajo sus propios jefes, los Inkas invencible, hasta las de emancipación al mando de los grandes capitanes “realistas” y “patriotas”. El indio hizo todas las guerras; ¿no le vemos tan pronto en las faldas del Pichincha con Santa Cruz vencedor, como en los desiertos de Tarapacá, desnudo, famélico, inerme, entregado por traición a las balas del ejército araucano? El indio, siempre el indio, luchó por y nó contra sus opresores, y disparó su arma contra sus hermanos de raza. En las revoluciones y en las guerras exteriores, el indio es “la carne de cañón”. Derramó su sangre por defender a sus amos.

El heroísmo multánime del ejército indio nadie lo ha cantado; silenciáronlo las trompas de la fama. Copistas ridículos, erigimos el monumento al Soldado Desconocido, en vez de consagrar el heroísmo anónimo del Soldado Indio.

Una raza que dio de su seno tipos de leyenda como Kawiti, José Olaya, Mariano de los Santos y millares más, posée excelsas virtudes guerreras.

El brazo de hierro y la mirada de águila, la firmeza de espíritu y el menosprecio de la muerte; qué sorpresas nos reservan en un porvenir quién sabe demasiado próximo.

Desde Tupaj Amaru y Pumakawa, el indio no ha disparado el fusil en servicio de su propia causa.

Fué el autómata.

Ahora, este niño grande que tiene en sus manos el Arma, este gigante infantil que es la raza, poseedora del fuego, cuyo poder efectivo ya adivina, ¿seguirá disparando inconscientemente? El fusil –puesto en sus manos para defender la vida y la propiedad del blanco- es el árbitro futuro.

 

COCA, ALCOHOL, CARNE

Los Nuevos Indios son abstemios.

Desarraigaron su inclinación a los tóxicos: ya no les tiraniza el vicio alcoholista, poderoso aliado del blanco opresor. Retornan a su viejo régimen vegetariano, a sus fuertes potages a base de cereales y cal viva; suprimen la carne. No se anestesian más con la yerba sagrada del trópico; el alcaloide desaparece de su uso diario. Las hojas de coca de emplean solo para sus rito mágicos, para sus aplicaciones farmacopeas.

El atiborramiento bestial, característico de los festines religiosos, fué desterrado con las creencias de esta índole. El indio abstemio es un ejemplo.

Es la primera victoria del indio vencedor de sí mismo. Superándose en esta lucha contra el monstruo secular, contra la hidra alcoholista, el hombre de los Andes dá la medida de su Voluntad de Poder. Como hoy se emancipó de sus vicios tiránicos, mañana se libertará del yugo blanco.

Insensibilizábale el alcaloide. La raza se anestesió con cinco siglos de excesos cocainistas. El explotador pudo maniobrar a su antojo; qué resistencia iba a encontrar en el cuerpo laxo y en el espíritu aletargado del hombre de las sierras. El cultivo de la coca y su venta a gran escala fueron la sistemática neutralización de la conciencia india.

El alcohol completo la obra. Puestos los venenos en la mano del aborigen oprimido, éste buscó su liberación en los paraísos artificiales. Huyó de la realidad dolorosa por los caminos del embotamiento y la idiotización.

Cinco siglos que el blanco persiguió tenazmente el suicidio espiritual de esta gran raza.

No triunfa perdurablemente el mal. De la noche tenebrosa a la inconciencia emergen a la luz lo Nuevos Indios abstemios.

 

INDIOS ELECTORES

Los indios de Moho y Platería que saben leer y escribir, que están inscritos en el registro militar, que son, en una palabra, ciudadanos tienen en sus manos la victoria del sufragio en la capital de Puno.

Pueden elegir su diputado por inmensa mayoría. Un diputado netamente indio.

De modo que, bajo la garantía de una ley electoral verdadera, un candidato “caballero” sería derrotado por un candidato “sirviente”.

La proporción de electores indios es de más del doble del total de votantes blancos y mestizos.

Pronto, en otras provincias de la meseta, crecerá considerablemente el porcentaje de “ciudadanos” indígenas.

En una organización minimalista, por el sufragio universal, a la vuelta de veinte años, podría constituirse la Democracia India. Hacia esa meta evolucionamos.

Solo que el renacimiento inkano se dá prisa.

Milenaria aptitud de los indios artistas. De sus manos demiurgas salieron la maravilla de su arquitectura y el milagro de sus tejidos. Con el mismo genio que dominó la dureza granítica, fabricaron la malla invisible de sus kumpis. El oro y la plata, las piedras finas, tomaron más caprichosas y bellas formas, gracias a la destreza de orfebres y glípticos.

Poderosos intuitivos, plásticos insustituibles, alarifes únicos, a ellos debió su ser el arte virreinal esplendoroso. Desde las altas naves catedralicias y los coros y púlpitos de cedro tallado, hasta las custodias recamadas de pedrería y finos esmaltes y la vajilla magnífica del culto católico, las esculturas policromadas y los grandes lienzos murales, el buril, el pincel, el martillo, el cincel fueron manejados diestramente por los indios artistas. Hermosearon los palacios y los templos con sus manos privilegiadas, y la fama de sus obras paseó por las colonias y la metrópoli.

Después, el decaimiento, la muerte de los indios artistas, para que surgieran solo los indios labradores, los indios cargueros, los indios sirvientes.

Renazca la milenaria aptitud. Vuelvan a florecer las artes populares: otra vez el indio artista produzca la belleza e indianice cuanto sus manos tocan.

 

LA REBELDE ORTOGRAFÍA

Basta ya de sujeción al yugo de la gramática española – se han dicho los idiomas vernáculos.

Sí, guerra a las letras opresoras: a la b y la v, a la d y la z, que no se usaron jamás; afuera la c bastarda y la x exótica y la g decadente y femenina, la q equivoca, ambigua.

Vengan la K varonil y la W de las selvas germánicas y los desiertos egipcios y las llanuras tártaras. Usemos la j de los árabes análogos.

Inscribamos Inka y nó inca: la nueva grafía será el símbolo de la emancipación. El keswa libre del tutelaje escriturario que le impusieron sus dominadores.

El keswa en la simpática amistad y vinculación fonográfica de los idiomas símiles.

Reaprendamos a escribir los nombres adulterados, las toponimias corrompidas. Kosko y no Cuzco, Wirakocha y no Viracocha, Paukartampu y no Paucartambo, Kochapampa y no Cochabamba, Kawiti y no Cahuide, Atau Wallpa y no Atahualpa, Kunturi y no Condori, Kespe y no Quispe, mitmajkuna y no mitimaes, yunkas y no yungas…

Limpiemos el keswa de escrecencias hispánicas, purifiquemos la lengua de nuestros padres inmarcesibles los Hijos del Sol: que brille su áurea, pulida armazón, recubierta por cinco siglos de mugre esclavista. Impongamos el léxico andino: que el orgulloso usurpador adopte las voces sin equivalencia. Que la vieja Academia de Madrid reconozca, vencida, la fuerza del andinismo filológico.

Rompamos el último eslabón de la cadena, aunque giman los nostálgicos del yugo, los españolistas a ultranza que suspiran por el Siglo de Oro Castellano y rinden fanático culto a Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Lope de Vega, con la reverente actitud de los siervos coloniales.

 

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